México20: “3: El staff y lo que resuelve” por Laia Jufresa en Hay Gales

México20: “3: El staff y lo que resuelve” por Laia Jufresa en Hay Gales

1. Donde el exterior hace posible el interior

Las instrucciones para encontrar la cabina de sonido son algo así: “Te paras frente al Tata Tent y encuentras una rendija escondida entre los plásticos de la carpa, la abres, la cruzas, sales y caminas con dirección hacia los borregos, por allí habrá unas cabinas.”
Este simple paso-abrir la carpa y salir al exterior-produce un efecto visual extraño. Dos centímetros acá está el rostro público del pabellón, dos más allá sus órganos vitales. Es decir que, a la inversa de otros organismos vivos, el Hay festival tiene las entrañas afuera y la cara adentro.
Adentro, los pasillos están techados y cubiertos por la misma alfombra verde que el Green Room. Los transitan cientos de personas. El público camina, come, aprende, se divierte, muestra su apreciación por el solecito inesperado tumbándose en el pasto. (El “adentro” tiene-además de escenarios,restaurantes y baños-amplios jardines).
Afuera, los “pasillos” son anchos como calles pero están casi vacíos. El polvo está fijo en el suelo, los coches desfilaron antes, durante el armado del pabellón, que duró las 8 semanas previas al festival. No coches, en realidad, sino inmensos camiones llamados Artic trucks (no porque vengan de muy lejos sino del diminutivo de “articulado”). El equipo de sonido y vídeo ocupó 6 Artics. Cada una de las 20 cabañas ocupó uno entero. El resto del pabellón tomó otros 15.
El afuera es el backstage máximo, donde todo trabaja para permitir que todo adentro funcione. Reina un orden que no es estético: no fue concebido para ser contemplado sino para ser práctico. Todo está en uso: las cabinas, las cocinas, las camionetas llenas de equipo. Todo ruge y tiene luces que palpitan, todo está en plena operación. Pero también reina una extraña calma que ignoro si es parte del espíritu galés o bien el efecto de un equipo que planeó todo con tanta minucia que ahora sólo queda ejecutar y resolver, no hace falta tensarse ni improvisar. (Que esto me sorprenda sólo puede llamarse shock cultural).

 

2. Donde conocemos al encargado de las cosas con enchufe

No son precisamente parte del staff pero merecen ser mencionados: los muchos habitantes de Hay-on-Wye (y todos los pueblos a la redonda) que rentan habitaciones durante el festival. Por ejemplo, el señor que conocí una noche y está hospedando al circo en su casa. (Se refiere a una carpa instalada al otro lado del río, donde también muchísima gente acampa). “Bajo a tomar mi té en las mañanas y hay un contorsionista español estirándose en la cocina”.
La dueña de la casa en la que yo duermo se apellida Prentice (“aprendiz”). Quiere enseñarme a hacer un pastel porque, en su propio shock cultural, no puede entender cómo atravesé toda la escolaridad sin cursar ni una clase de “home economics”. Mi compañera de casa se llama Zoe. Se graduó hace poco y grabar audio en el festival es su primer trabajo pagado. Está agotada y feliz. Cuando le digo que la quiero entrevistar, me explica: “Te paras frente al Tata Tent y…” Y a media mañana he olvidado sus instrucciones.
Llego sin instrucciones porque al final cuento con el mejor guía posible: Paul Elkington (o, como le dijeron en el festival Hay de Segovia: Señor Don El Kington): director técnico del festival desde que éste empezó en 1987. En cada locación que tuvo el festival antes de empezar a construir su propio pabellón, Paul se ha encargado de “todo lo que tenga un enchufe”. Empezó con un equipo de 6 personas y un presupuesto de tres mil libras, ahora cuenta con 75 y más de un millón, respectivamente. Me llevó atrás del Telegraph (uno de los escenarios más grandes del pabellón) y me explicó qué era cada una de las muchas cajas negras con cables saliéndoles por todas partes. ¿Alguna pregunta? Sí, ¿por qué hay un chico tirado frente a las cajas negras?

 

3. En donde se unen las cajas y bailan las cámaras

El chico está concentrado, echado boca abajo frente a una serie de cajas negras enormes y rodeado por otras más pequeñas: las stage boxes (se colocarán en el escenario). Cada stage box tiene cinco entradas y cinco etiquetas escritas a mano con el nombre del instrumento y el canal al que deben conectarse. (Algunos instrumentos, como la batería, requieren varios canales). El chico debe unir éstas a las cajas grandes. Si se equivoca con algún cable, será prácticamente imposible resolver su error durante el concierto, por eso empieza a armar el rompecabezas doce horas antes. (Para los que no soportan la incertidumbre, y también por si no estaban ya celosos de mí les adelanto que el concierto esa noche fue de Tinariwen y todo salió espectacular. Gracias, en parte, al chico de los cables).
Algunas de las grandes cajas negras son los procesadores digitales de las muchas bocinas del escenario que,como enormes vacas metálicas de siete estómagos, digieren en vivo la información de todos los micrófonos y la transmiten hacia una camioneta: la OB (de “Outside Broadcast”).
Nos metemos en la OB estacionada detrás del Telegraph. Por dentro recuerda la cabina de una nave espacial, las paredes cubiertas con botones, luces, pantallas. Hay cinco cámaras filmando la conferencia que está sucediendo, y lo que graba cada una lo vemos en una televisión. Pero lo que verá el público (ahora mismo en tres grandes pantallas y más adelante online) lo decide Jess.
Jess está sentada en el centro de la OB y, en voz baja, a través de un micrófono que da a las orejas de los camarógrafos, dirige la filmación. Toda la operación tiene algo de ballet minucioso y algo de improvisación concentrada. Paul y yo salimos silenciosos. Jess pide un cambio de cámara.

 

4. En donde nada jamás podría perderse

El audio y los videos (ya dirigidos y editados) van a dar a otras cabinas donde se procesan y se guardan en una serie de backups. Si alguien-la prensa o el festival, por ejemplo-requiere un pedacito de este material, el encargado de sumergirse en los archivos y extraerlo, es un señor en otra camioneta: la suite del editor.
Le pregunto al editor, Mr Bubble, qué pasa si algún archivo se borra. Me mira fijo, con cara de loco, como si no hubiera escuchado la pregunta. Los tres nos reímos, pero luego en toda seriedad me explica el sistema, las SD cards, y cómo hay tres copias de todo:es prácticamente imposible que algo se pierda.
¿Cuál es tu peor pesadilla, entonces?
Me contesta lo mismo que me han dicho todos los técnicos, incluido Paul: La peor pesadilla es que se vaya la luz.
Más tarde, Paul me lleva a ver cómo hacen frente al gran temor comunitario: con los generadores. La luz de los eventos está separada de la del pabellón. Si se va, los restaurantes, los baños, las cocinas pueden quedarse a oscuras, pero no los escenarios, ni la operación de registro: estos están conectados a generadores de emergencia, que funcionan con diesel.

Muy bien, no se perderá la información, pero ¿qué pasa si alguien pierde, por ejemplo, su abrigo?

 

5. Donde se viste 1 perro, se sirven 1,000 tazas de té y se encargan 60,000 libros

El equipo de seguridad está a cargo de Chris, la única persona que verificó mi identidad antes de darme la entrevista. Ambas cosas (que él lo haya hecho y que a nadie más se le haya ocurrido) hablan de lo seguro que es el festival. Los guardias sobre todo dan direcciones y guardan los objetos extraviados. Si se pierde un niño cierran las puertas y ayudan a encontrarlo. Hoy llegó un señor que, por receta psicológica, debía mantener su perro cerca. Chris le puso un chaleco fosforescente al perro, para que todo el mundo viera que estaba trabajando.
Trabajando, trabajando está el staff, pero hay que tomar pausas y comer, ¿a dónde van? A la cocina para staff, donde Colin sirve cerca de mil comidas al día. Su peor pesadilla son las alergias. Cada año es más complicado cocinar: sin productos animales, sin gluten, sin apio, sin nueces, sin…
En el Green Room, Penny sirve bebidas y snacks desde que el festival sucedía en la escuela primaria del pueblo y los baños, las mesas, las sillas, todo era miniatura. Estamos a mitad de la semana y ya ha servido -con ayuda de JT y Shevon- más de mil tazas de té y calculan estar preparando entre 200 y 300 cafés diarios. Su peor pesadilla es que se acabe el vino. Tienen todo lo que se consumirá durante el festival apilado afuera. Algunas cosas bajo llave. “El vino, las papas fritas y los pasteles: las cosas a las que suelen crecerle piernas”.
Otra cosa a la que le salen piernas aquí es a los libros. Oxfam tiene una librería de libros donados y ha vendido casi todo lo que trajo. En la librería oficial del festival, se han encargado 60,000 tomos este año. Gareth, el encargado, me explica que, además de estar abierta durante todo el festival, la librería organiza las sesiones de firmas. Cada autor tiene una inmediatamente después de su presentación, algunos tienen filas kilométricas y otros sólo un par de fans, pero Gareth aún no ha visto a ninguno que no firme ni un solo ejemplar. Su peor pesadilla es que el autor llegue pero su libro no.

 

6. En donde entramos al mundo del revés

Cuando no está encargando, vendiendo o devolviendo libros (un trabajo rápido y activo) Gareth es diseñador de jardines (un trabajo lento y reflexivo). Encontré mucha gente así, que usa la temporada en el festival como un paréntesis de su vida laboral cotidiana. Yvonne (de seguridad) durante el resto del año trabaja con ancianos en un asilo. Penny (bar) tiene borregos de Nueva Zelanda y produce lana de alta calidad. Rob, Jeff y Paul (choferes) son, respectivamente, carpintero, dueño de una compañía de telecomunicaciones y obrero en una fábrica de partes de automovil.
Todos toman vacaciones para venir a trabajar, pero algunos ni siquiera lo hacen por el sueldo sino por la experiencia, ya que los internos y los edecanes (más de 270 personas) son voluntarios. Una edecán cuyo nombre perdí me dijo que éste es su periodo favorito del año, “mejor que navidad”.
En mi última tarde con el staff se improvisa un taller de dibujo. La Royal Drawing School ha estado impartiendo cursos para el público toda la semana pero hoy tomó un pedazo del Green Room, lo llenó de lienzos, cerró con una cortinita y pasamos una hora dibujando a una modelo bailarina. Salimos con las manos llenas de tiza de colores y la mente tranquila. Cada uno se fue a lo suyo: Yo salí a seguir entrevistando gente, pero antes, me senté en un jardín y le dije al pasto, porque no sabía a quien más dirigirme pero necesitaba decirlo en voz alta: Gracias.

 

7. En donde la autora se despide a título personal

Esta es mi última entrega. Quisiera cerrar no como público ni como invitado ni como staff. Ni siquiera como escritora en residencia, sino con una nota más personal. Nadie me pidió que hablara de esto, tuve absoluta libertad para escribir aquí, como para moverme y para hacer de esta experiencia lo que yo eligiera.
Crecí a las afueras de una ciudad mexicana, llamada Xalapa, que durante algunos años tuvo su propio Hay Festival y que está siendo azotada por una ola de violencia. La prensa está muy censurada y quince periodistas han sido asesinados desde el año 2000.
El festival se cambió de sede por petición de muchos intelectuales consternados con el uso político que el gobierno corrupto pudiera hacer del festival para retratarse como un gobierno transparente. Yo hace años no vivo allá y entonces no conocía el festival más que de oídas. No firmé la petición porque me parece que quitarle a una ciudad un espacio cultural castiga mucho más a la sociedad que al gobierno. (En México, desgraciadamente, los gobiernos quedan casi siempre impunes, y en este caso quedó también liberado de voces nacionales e internacionales que lo criticaban en foros públicos). Pero fue sólo hasta haber vivido una semana aquí que realmente entendí lo que perdimos.
Quiero despedirme diciendo que como escritora, como mexicana, como alguien que aún cree en la importancia de la palabra pero también como alguien que ha visto de cerca las balas, espero que este festival encuentre dónde echar raíces en mi país. Ojalá sea en alguna de sus muchas provincias lastimadas y que la población local (la que no firma cartas públicas, la que no tiene libros en casa) pueda elegir formar parte de este inmenso esfuerzo colaborativo, fiesta del pensamiento, bocanada de aire fresco.

Laia Jufresa

Agradecimientos
Quiero agradecer al British Council Literature (Cortina, Bhav, Rachel, Harriet) no sólo la oportunidad de venir y vivir esto, sino también el reto de intentar narrarlo. A los músicos los invitan para tocar, a los bailarines para bailar, pero a los escritores para hablar. Y hablar de lo escrito es un verbo muy posterior y distinto al de escribir. Gracias por haberme invitado a hacer lo mío y a mi manera.
Gracias también a todo el equipo del Hay Festival (Becky, Caitlin, Marta, Cristina y muchos más) por haberme recibido y permitido meter las narices en todos lados.
Y, si usted llegó hasta aquí, gracias por leer estas crónicas. No dude en venir algún día. ¿Ya le dije que hay un helado muy especial?