¿Por qué triunfa el Hay de Gales en tierras extrañas? por Juan Cruz

¿Por qué triunfa el Hay de Gales en tierras extrañas? por Juan Cruz

Cuando estuve por primera vez en el Hay Festival volví de Gales, donde nació, y donde se sigue haciendo esta curiosa mezcla de fórum y alegría literaria, como un evangelista. Algunos años antes le escuché a Peter Mayer, el excepcional editor norteamericano que presidió Penguin y luego hizo su propia editorial a la sombra de una montaña mítica, Overlook, que el porvenir de los libros dependía de cuán cerca los ponías de los lectores. Algo parecido había dicho, mucho antes, el ensayista mexicano Gabriel Zaid: “Hay que poner el libro en la conversación de la gente”.

¿Por qué tanta insistencia en esa expresión que combina tan naturalmente la gente con los libros? Sencillamente, porque si no hay gente no hay venta, y si la gente no se acerca a los libros hay que llevárselos, hay que hacer que el público converse con ellos. No hay mejor márketing que el boca-oído, y eso hay que cultivarlo de cualquier manera. El Hay Festival, una ocurrencia genial de Peter Florence y su familia (Peter Florence, periodista, actor, un hombre todoterreno, fuerte como un medio centro), dio con una de las fórmulas y ésta funcionó bien.

Cuando comprobé que lo que pregonaba Zaid y lo que aconsejaba Mayer era algo que en efecto se hacía en otro lugar del mundo me vine a España, donde cuesta tanto vender libros, en el sentido figurado y en el sentido real, como ese evangelista que sigo siendo. El Hay, el de Gales, es una fórmula genial y sencilla, como los buenos platos de cocina. Se trata de juntar a gente inteligente, que habla bien, para buscar entre todos las entrañas de lo que dicen los libros. No es una fórmula alambicada ni pedante; los que hablan no son exclusivamente escritores, pues se mezclan sabiamente literatos, periodistas, cineastas, músicos, artistas, científicos y comunicadores, en general, que son capaces de acaparar durante una hora exacta (nadie se pasa: una rosa, blanca generalmente, te avisa si el tiempo de concluir apremia, y aunque no apremie: siempre te avisa) la atención de un público en el que hay de todo.

En aquella ocasión de Gales, en un terreno embarrado por el mal tiempo, hablaba, por ejemplo, el entonces recién derrotado Al Gore, que se estrenaba con la buena (o vieja) nueva de la ecología. La gente abarrotaba su plaza, cuyo aforo estaba tan ocupado como lo hubiera estado para un premio Nobel como Mario Vargas Llosa (algo que comprobé luego en muchos de los Hay donde también estuvo el peruano). Pero no sólo llenaban ellos; algún tiempo después, en el primer Hay que hizo Florence en España la gente acudió en masa a escuchar a un entonces más distante Hanif Kureishi, un novelista al que ahora, otra vez, le han llenado el aforo en Cartagena de Indias, donde desde hace diez años la gente va como si en lugar de libros allí vendieran (o contaran) piedras preciosas gratis.

Y es que no es gratis, y la gente va. Una de las cosas que conté, al volver a España como evangelista del primer Hay de mi vida, es que para entrar en cada una de esas sesiones en las que alternan gente como Martin Amis con Javier Marías o con Martín Caparrós o Patricio Pron la gente tiene que pagar unos pesos, unas libras o unos euros, pues en todos esos idiomas del dinero se producen actualmente este tipo de festivales. La gente compra su entrada mucho antes de que los festivales tengan efecto, y luego van muy educadamente a exigir su sitio, que está siempre escrupulosamente reservado. Los llenos son habituales; y lo son en Gales (todavía), en Segovia, en distintas ciudades de México, en Cartagena de Indias, y siguen sumándose sedes como si la franquicia fuera un Mc Donalds ilustrado.

La fórmula, decía, es infalible: no se basa tan solo en la combinación de dos (generalmente, un periodista que pregunta, un creador que responde, o dos creadores que charlan, animados por un tercero), sino en la oportunidad de los encuentros, en el genio de las preguntas, en el tono sobrio, pero también divertido (de mirada divertida) de los encuentros. Junto a esa mezcla hay algo que sobresale: la profesionalidad. El Hay se responsabiliza de que no haya (en la medida de lo posible) cancelaciones, y si éstas se producen compaginan de manera que el sistema no se caiga por la vereda de la improvisación. Estos anglosajones son muy especiales, y es especial Peter Florence (a quien ayuda, con mucha eficacia, por cierta, Cristina Fuentes, que es de origen canario, como yo, modestamente).

En este último Hay, el de Cartagena de Indias, Colombia, tuve ocasión de comprobar de nuevo estos extremos. Podías desayunar con Kureishi (que es un fijo de este festival de origen tan británico como la literatura del celebrado novelista), o con el impar Baricco, tomarte el aperitivo con la excepcional periodista americana de México (y de Colombia) Alma Guillermoprieto, almorzar con la actriz española Emma Suárez o sentarte a escuchar, en un recinto abarrotadísimo, al gurú económico Pikety charlando con el ensayista venezolano Moisés Naim, tan inteligente como mediático. En los alrededores, gente colombiana de tanto renombre como Juan Gabriel Vásquez (que presentaba allí su muy notable La forma de las ruinas, una metáfora sobre tanta violencia colombiana) o el muy bien humorado novelista, académico y humorista Daniel Samper, que para más inri de sus habilidades literarias ha tenido la habilidad de habitar nada menos que en una calle de Cartagena que se llama Tumbamuertos, a un tiro de cerbatana de la casa, ay, ya vacía del genial habitante de este territorio, Gabriel García Márquez.

Cartagena parece un decorado de cine que se moviliza en cuanto se despierta el primer cartagenero; en esta ocasión, parecía un decorado y una biblioteca, puesta a punto para recibir al Hay. Allí hay un personaje peculiar, Martin, que lleva una carreta llena de libros que presta. Gabo, Tomás Eloy Martínez y todos esos nombres que he puesto más arriba se han retratado con él y con su modesta (y lujosísima) carreta; parece como si ese personaje tan querido ahora ya en todo el mundo adonde acude con su peculiar biblioteca pública haya concitado el propio Hay Festival, como si el Hay hubiera nacido en Gales con una fórmula que idearon Zaid y Mayer y que puso en marcha Florence para que se pareciera a lo que intuyó Martín, el bibliotecario genial de Cartagena de Indias.

Cuando nos íbamos de Cartagena estábamos en el aeropuerto algunos de los que hicieron posible este Hay de 2016; en una mesa conversaban el cineasta Stephen Frears y el novelista ya tan citado, Hanif Kureishi; se encontraron con Emma Suárez, la estrella más reciente de Pedro Almodóvar. Ahí se pusieron a charlar, como si estuvieran en lo alto, hablando para el público. Con sencillez, sin altanería; a Frears se le había perdido la tarjeta de embarque. Le ayudé a obtenerla; Frears y Emma caminaban juntos, con sus sombreros idénticos, comprados en Cartagena. Estoy seguro de que al cineasta no le hubiera costado nada quedarse allí si no hubiera encontrado el pasaje de vuelta. Pues a la magia de la idea (juntarse para hablar con otros), el cineasta inglés halló allí lo que todos nosotros: la magia que hace que los libros resulten un imán tan irresistible como la muy ocupada carreta de Martín. El enigmático y simple enigma resuelto del festival Hay.