Álex Ayala Ugarte sobre su libro Rigor mortis, que está escribiendo gracias a la I Beca Michael Jacobs para Periodistas de viajes

Álex Ayala Ugarte sobre su libro Rigor mortis, que está escribiendo gracias a la I Beca Michael Jacobs para Periodistas de viajes

Álex Ayala estará participando en esta charla del Hay Festival Cartagena 2016:

[73] 15:30 – 16:30. Domingo, 31 de Enero 2016 Centro de Cooperación Española (Salón del Rey).                                         Premio Crónica de Viajes Michael Jacobs. Con Daniel Samper Pizano, Jon Lee Anderson y Álex Ayala Ugarte en conversación con Jaime Abello

 

Aprovecharé este espacio para hablarles un poco de Rigor mortis, el libro que estoy escribiendo gracias a la Primera Beca Michael Jacobs para periodistas de viajes.

Como suele pasar con todos los proyectos grandes, Rigor mortis, el principio del fin nació a raíz de una obsesión, de una que me persiguió durante mucho tiempo. En 2002, en los Yungas, unos valles bolivianos situados al norte de la ciudad de La Paz, conocí a un viejito que vivía con su ataúd en casa, que decía que no quería dar complicaciones a sus hijos cuando le tocara ser alimento de la gusanera. Por aquel entonces, escribí una pequeña pieza narrativa sobre él poco prolija: yo era un periodista sin experiencia que recién comenzaba y mi texto cojeaba por todo lado. Tras aquel encuentro, no pude dejar de pensar en aquel personaje. Y tampoco, sacarme su particular historia de la cabeza. El año pasado, por casualidad, me topé con una de sus hijas y decidí que era el momento de retomar el hilo de aquel relato. El viejito, llamado Raúl, no sólo había compartido espacio durante años con un féretro de madera. En su juventud, había plantado un árbol para que un carpintero le armara el cajón ideal para reposar en el cementerio. Y además tenía un armario con la ropa que debían ponerle en su entierro. ¿Por qué prepararlo todo con anticipación? ¿Qué sentido tenía tomar tantas precauciones? ¿Algo lo mortificaba?

Meses después de comenzar a hacerme esas preguntas —y de tratar de obtener algunas respuestas—, tuve la oportunidad de visitar Pampa Grande, una aldea cercana a la frontera boliviana con Argentina que está casi incomunicada. Para llegar allá hay que emprender una travesía de más de una jornada. Durante aquella aventura, me crucé con una “ambulancia humana”, es decir, con un grupo de hombres que avanzaba al trote cargando una camilla con un enfermo de próstata encima. Algunos de los voluntariosos campesinos pensaban que éste no llegaría al hospital vivo. Decían que lo que les mataba allá era la ausencia de buenos caminos. Y lograron que yo me llenara nuevamente de interrogantes: ¿Cómo es el día a día en un sitio donde la muerte pende como una espada de Damocles? ¿Alguien vela por los que malviven alejados del mundo que conocemos?

La muerte es un destino lógico e inevitable. Forma parte de nuestras rutinas y de nuestras preocupaciones: compramos una vivienda y ahorramos plata para dejarles un legado a nuestros hijos. Y mantenemos la memoria de nuestros seres queridos como una forma de que no se marchen del todo. La muerte implica duelo, superstición, dolor, nostalgia. Es casi omnipresente. Y, sin embargo, no nos detenemos casi nunca a pensar detenidamente en ella. ¿Qué ocurre cuando es un perro el que pierde al dueño y no el dueño el que pierde al perro? ¿Con qué música despedimos a nuestros difuntos? ¿Cómo se vive en una casa o en un departamento donde hubo un asesinato, un ajuste de cuentas u otro tipo de muerte violenta? ¿Existe la adicción a los velorios? ¿Hay turismo en los cementerios? ¿Por qué antaño existía la costumbre de tomarse una foto con los niños que habían fallecido? ¿Cómo afecta una ola de suicidios a una comunidad pequeña? ¿Cómo se convierte la víctima de un horrendo crimen en “santa” de narcos y maleantes? ¿Qué pasa cuándo un cable de acero se vuelve el punto de separación entre estar muerto y seguir vivo? ¿Pueden los objetos rescatados después de un terremoto transformarse en los custodios de la memoria colectiva de todo un pueblo? ¿Cómo se anuncia un fallecimiento en los lugares donde no hay prensa? ¿Cómo funciona un grupo de duelo?

Pienso que es mucho lo que hay que explicar y muy poco lo explicado hasta el momento. Y creo que ya es hora de hacer un retrato de la muerte desde la cotidianidad, a partir de realidades que ni creeríamos que existen y que cobran vida alrededor nuestro sin que nos enteremos, a partir de cosas que suceden en Bolivia pero que también podrían ocurrir en Colombia, España, Tailandia, Rumanía, China o los Estados Unidos.

La palabra muerte —así como las palabras hambre, desastre o genocidio— es potente y grandilocuente. Por eso mismo es muy fácil que uno se pierda cuando trata de profundizar en el término. Para mí, éste sólo puede explicarse a través de los pequeños detalles. Y Rigor mortis será precisamente un viaje en busca de aquellas historias mínimas que superan el lugar común y que, en cierta forma, te lo acaban contando todo.

 

Álex Ayala Ugarte