México20: “2: Los invitados y lo que encuentran cuando dejan de buscar” por Laia Jufresa en Hay Gales

México20: “2: Los invitados y lo que encuentran cuando dejan de buscar” por Laia Jufresa en Hay Gales

Let digression be your guide

(Orlando Seale)

En una simplificación bárbara, podríamos decir que el staff del festival da y el público recibe. En cambio, el invitado está en medio de ambos. Ocupa por una hora un escenario gracias, casi en todos los casos, a los años que pasó sentado solo frente a su computadora, escribiendo algo. O investigándolo. O ambas cosas. La larga gestación, los subsecuentes periodos de edición, la imprenta, etcétera, todo lo ha traído aquí. No viene a buscar ya nada más que lectores. Su estancia es corta y, fuera de algún evento, una sesión de firmas y alguna cena, su tiempo está poco acotado. Puede fluir, dejarse llevar por la intuición como único mapa, perderse con confianza porque, según su apertura y las circunstancias, es muy probable que al final reciba más de lo que dio. O por lo menos que, tanto en escena como fuera de escena, se sucedan como danzas breves una y otra y otra conversación inesperada.

A diferencia de la mayoría de los invitados, yo llevaba casi una semana en el festival cuando me llegó el turno de actuar. Había estado viviendo como público, había entrevistado a más de treinta personas del staff, ya sabía cómo prepararme mi propio café sin ayuda de Penny (más sobre ella y todo el equipo en la tercera entrega) y sabía dónde dejar mi mochila para no estorbar. En cambio, no tenía mucha práctica en socializar con otros invitados.

La socialización sucede en el Green Room, cuyo nombre leí desde la primera invitación que recibí del British Council. Leí: “como escritora en residencia serás bienvenida a estar en el Green Room”, y tuve imágenes de un cuarto que, si bien no era exactamente idéntico al real, sí se le aproximaba. Digamos que era verde. Así, cuando llegué y vi la alfombra color pasto y las paredes cubiertas de escenas bucólicas (perfectas fotografías de la campiña galesa), asumí que de allí venía el nombre. Pero estaba equivocada, como uno suele cuando asume que algo es nomás lo que su nombre indica.

Al tercer día, alguien me explicó que todos los cuartos de espera en todos los teatros se llaman Green Room. Tampoco me desilusioné tanto, porque lo que hace a éste especial es el tamaño y la frecuencia y la cualidad variopinta del desfile que lo transita a diario. En sentido estricto, éste sería como el cuarto verde para ocho teatros que presentaran cada hora una obra distinta. Sobra decir que es muy amplio. Vale aclarar que es mucho más acogedor de lo que se está usted imaginando. Hay flores y sofás y revistas y un pequeño bar.

En un proceso no muy distinto al de los procesos creativos, uno sale cada vez del Green Room con la sensación de que no deja de sorprender lo que uno encuentra cuando no encuentra lo que buscaba. Yo entro, sobre todo, a buscar té y una mesa donde apoyar la computadora y avanzar con el blog. Pero luego resulta que no hay sitio, encuentras un sofá, te pones hablar del clima con alguien y es una novelista que admiras pero cuyo rostro desconocías.

O hablas con un hombre muy simpático de ojos transparentes. Te cuenta que salió a correr y se encontró un borrego al que se le había atorado la boca con una reja. Dos días después aprendes que es un escritor que, después de dos libros sobre Latinoamérica y la India, está escribiendo uno sobre la región alrededor de Hay-on-Wye.

O estás platicando con una chica y tienes que interrumpirla a media frase porque de golpe te das cuenta de que dio un Ted Talk que te encanta y por eso te sonaba su cara.

O sí encuentras una mesa donde trabajar pero entra un grupo de gente bebiendo champaña y cargando montañas de tela que resultan ser las prendas cosidas durante un taller de una semana diseñando ropa con materiales reciclados. De inmediato, tu texto en la computadora te interesa menos, quieres saber cómo lo hicieron, con cuánto tiempo y qué método y cuáles fueron las instrucciones y cuáles fueron los materiales.

Tal vez si eres un escritor local, o alguien un poco más enterado de la fisionomía de los autores que yo, no te pasen estas cosas, no recorras tan ciegamente el Green Room, sí reconozcas a cada paso a alguien que admiras, no pierdas el tiempo hablando de nimiedades con los grandes. Pero estar tan enterado sería, sospecho, una experiencia mucho más intimidante que la que yo tuve. Mejor empezar hablado de borregos heridos, novela gráfica, el clima. Finalmente el invitado, cualquier invitado, es ante todo una persona.

Pero también, el invitado es ante todo un suertudo. Puede salir a pasear por el pueblo lleno de librerías, entrar a un pub y oírle a un músico el epígrafe que necesitaba. Puede escaparse y escuchar hablar (y cantar) a la brillante, honesta y muy embarazada Amanda Palmer. O comer más helado de borrego. O interactuar con su público. O quedarse en en el Green Room a ser una pelota más en la compleja mesa de billar de los encuentros fortuitos entre invitados. Y si el invitado aún conserva pizca de la curiosidad que lo llevó a investigar y/o escribir el libro que le ganó su invitación, estaría dispuesta a apostar entonces que cualquiera de las posibilidades le resultará, por decir lo menos, estimulantes.

El director del festival, Peter Florence, hace unos años en una buena entrevista dijo: Hay está hermanada con muchas ciudades, pero tenemos más en común com Macondo o Llareggub, Ambridge o Elysium. El Green Room -como el escenario durante una presentación, pero también como ese lugar que frecuentas en tu cabeza mientras escribes un libro- no puede considerarse un lugar de paso. Son hogares temporales, sitios a los que apetece volver, quedarse un rato, tomarse un té. Sitios que le deben menos a la geografía que a la imaginación y a una cierta, particular voluntad por compartir. Sitios no menos reales por ser en parte el reflejo de lo que cada invitado trae adentro, y en ese sentido: sitios parcialmente imaginarios. Sitios, entonces, que el invitado al irse se lleva consigo.